El currículo de T&I

Antes de comenzar a tratar el tema de este artículo, que se centra fundamentalmente en el repertorio curricular de T&I, sería conveniente hacer un pequeño repaso a la historia de la Traducción y de la Interpretación como titulaciones universitarias en Europa y en España*.
La traducción y la interpretación son dos profesiones que han existido desde tiempos muy remotos. Sin embargo, no es hasta los Juicios de Núremberg, tras la II Guerra Mundial, cuando podamos comenzar a hablar de ellas como verdaderas disciplinas y ocupaciones.
A partir de entonces, se empiezan a levantar en Europa algunas de las escuelas más importantes e influyentes de T&I como las de Ginebra, Bruselas o Moscú.
En España, como consecuencia de la política de aislamiento franquista, caracterizada por una enseñanza de lenguas muy limitada, no es hasta los años 80 cuando se crean las primeras escuelas de T&I conocidas como EUTI(s) (Escuelas Universitarias de Traducción e Interpretación) en Barcelona, Granada y las Palmas de Gran Canaria, en las que la titulación se imparte con la categoría de una diplomatura.
El 30 de agosto de 1991, a través del Real Decreto 1385/1991, se establece el título universitario oficial en Licenciado en Traducción e Interpretación. Es en este momento cuando, a nivel nacional, se empieza a configurar el repertorio curricular de nuestra titulación. Se determinan, por tanto, las asignaturas troncales, además de algunas especificaciones y recomendaciones que orientan la creación de los planes de estudios de cada Universidad.
No nos extenderemos mucho en explicar los tipos de materias que existen, pues esto es algo que todos ya conocemos. Sabemos de sobra qué son las asignaturas troncales, las obligatorias, las optativas y las asignaturas de libre configuración. Al ser las materias troncales las mismas para todo el territorio español, las diferencias entre facultades vienen marcadas por su elección de materias obligatorias y optativas.
Así, encontraremos facultades que ofrecen una formación más amplia y completa en traducción literaria y otras en traducciones especializadas como la jurada o la científico-técnica. Depende un poco de a qué y a quién hayan echado mano, si a filólogos o traductores, en el momento en que se levantó la titulación. Es precisamente con estas asignaturas con las que nos comenzamos a especializar y con las que las Universidades tienen la oportunidad de satisfacer las peticiones de un mercado de trabajo cada vez más exigente y específico. Sin embargo, esto no siempre es así, pues por ejemplo, como se ha dicho anteriormente, a veces se piensa más en el dinero que va a suponer contratar profesores especializados en las materias que coger a los que ya se tienen (filólogos en su mayoría), sin pensar que, a pesar de la competencia lingüística y cultural que estos profesores puedan tener y por supuesto transmitir a sus alumnos, nunca podrán dar ni una visión ni una formación igual de específica y completa que la daría alguien que sabe lo que es el día a día de un traductor.
Esto, que a muchos puede parecer una tontería no lo es en absoluto; es un factor esencial a la hora de elegir Universidad. Tener en cuenta las demandas del mercado en traducción e interpretación al rellenar las casillas de la solicitud de preinscripción es algo que nos puede ahorrar más de un disgusto y un quebradero de cabeza al terminar la carrera. Y es que en esto hay que buscar siempre un equilibrio entre las apetencias y las circunstancias personales, la oferta de las Universidades y las salidas profesionales y entre estas últimas, la traducción literaria, es la que menos demanda tiene y la peor remunerada.
Así que aquellos que tengáis en mente estudiar T&I no miréis sólo la nota, pensad también en la calidad de la formación que vais a recibir. Los que ya habéis elegido y no estáis muy contentos con el quehacer diario de vuestra facultad siempre os queda la posibilidad de pedir becas como la Séneca, la Erasmus o solicitar un cambio de expediente?.
Por otra parte, un aspecto muy característico de nuestro plan de estudios general es la gran abundancia de asignaturas procedentes de las filologías que pudiéndose adaptar al ejercicio del traductor se imparten sin tener este último en cuenta. Así, a veces conocemos más la historia y el trabajo de lingüistas que de traductólogos; conocemos más a Saussure que a Newmark. Y por supuesto conocemos más la teoría que la práctica de la traducción o la interpretación, algo que sorprende y mucho en una carrera que es eminentemente práctica.
Además, a esto hay que añadir el hecho de que determinadas partes de los temarios de las asignaturas se repiten constantemente en casi todos los cursos. Parece que no existe una coordinación entre profesores y departamentos para ponerse de acuerdo en el temario de sus clases. De esta forma, cuando acabamos la carrera, a lo mejor no sabemos cómo traducir un contrato matrimonial, pero seguro que sabemos recitar de memoria las definiciones de “lengua” del señor Ferdinand de Saussure y por supuesto el concepto de “traducción” de García Yebra.
En definitiva, a simple vista haría falta más práctica y menos teoría; más coordinación entre departamentos y áreas de conocimiento y por supuesto más integridad en nuestra formación. Aunque parece que de momento tendremos que dejar a los títulos de postgrado y a la experiencia laboral la tarea de acabar de formarnos y pulirnos en nuestra profesión.

Un saludo

Inmaculada

*Para más información os recomiendo este artículo que Elisa Calvo escribió hace unos meses para traduBlog.

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