Y tú, ¿Qué papel desempeñas en los trabajos en grupo?

Una de las realidades a las que cualquier universitario, independientemente de la titulación que estudia, se ha de enfrentar a lo largo de su formación son los “maravillosos” y “queridos” trabajos en grupo.

Es bastante curioso cómo desde hace algunos años, quizás debido a las reformas que el proyecto Bolonia está trayendo consigo y a los nuevos métodos de trabajo puestos en práctica en las empresas, los trabajos en grupo proliferan cada vez en las aulas y en los programas de las asignaturas. 

Esta realidad, que a algunos puede agradar e incluso aliviar, pues no se tendrán que enfrentar solos a los intríngulis de las prácticas de clase, a otros les horroriza y provoca enormes dolores de cabeza.

Los trabajos en grupo o en equipo dan lugar a situaciones y experiencias tan variopintas, surrealistas, y a veces tan inverosímiles que, en ocasiones, las anécdotas que contamos parecen sacadas de películas de Hitchcock.

Muchos tiemblan en el momento en el que el profesor anuncia: “haremos prácticas en grupo”. Las preguntas que entonces se te cruzan por la mente suelen ser del tipo “pero, ¿quién los organiza tú o yo?”, “si los organizas tú, ¿será por orden alfabético?, o ¿nos vas a distribuir según nos hemos sentado hoy en clase?”, entonces, inmediatamente después miras a tu alrededor y empiezas a maldecir tu mala suerte por estar rodeado de los más incompetentes, de los que siempre pasan del tema o de aquellos que te caen peor que un grano en el trasero, (es en estos casos, en los más inoportunos, en los que la ley de Murphy siempre hace acto de presencia).

Quienes suelen llevar peor el tema del trabajo en equipo son los alumnos más independientes y también los más perfeccionistas. Estos últimos, a veces, llegan al extremo de llevarse casi todo el trabajo a casa y hacerlo ellos mismos con tal de que el resultado final esté tal y como les gustaría. El problema surge en el momento en el que en un mismo grupo encontramos a dos personas igual de perfeccionistas pero con maneras distintas de trabajar; el trabajo entonces se convierte en una auténtica lucha entre titanes y un forcejeo por ver quién consigue dejar una mayor y mejor impronta en la práctica.

Los hay que pasan del tema y que, como se suele decir en Román Paladino “chupan del bote todo lo que pueden y más”. Son aquellos que o bien se cruzan de brazos y miran mientras los otros trabajan, o bien los que esperan a que los demás les digan lo que tienen que hacer o los que directamente no aparecen por las reuniones de trabajo sin ni siquiera molestarse en avisar.

Otros, en cambio, se entregan en cuerpo y alma al grupo y al trabajo, escuchan a todos y a todos dan importancia, no hacen nada sin consultar y sin contar con la aprobación de todos y cada uno de los miembros; éste sería el caso del compañero ideal de trabajo. Como veis, de todo hay en la viña del señor😉 .

Con esta variedad de compañeros, las experiencias, como se decía anteriormente, también son muy distintas. Si comenzamos por las más frustrantes tendríamos que hablar de las dificultades para quedar (encontrar día, hora y lugar); la no asistencia a las reuniones de grupo; la no presencia, y ésta es peor que la anterior, a clase el día de la presentación de la práctica; las madres que obstaculizan el desarrollo de los trabajos y no te abren ni siquiera la puerta de su casa para darte un trabajo que a su hija se le olvidó enviarte antes de marcharse de viaje (y sí, esto me ha ocurrido ;-) ); los ordenadores de la facultad que no funcionan y a nadie se le ocurrió traer el portátil etc.

Sin embargo, no todo es malo cuando hablamos de trabajos en grupo, también hay momentos que al recordarlos nos hacen esbozar cuando menos una leve sonrisa, como por ejemplo, los ratos de risa y cachondeo con los compañeros que precisamente suelen coincidir con los momentos de mayor estrés y ansiedad; las reuniones que acaban convirtiéndose en terapias de grupo en toda regla (y es que nunca viene mal desahogarse con las personas que durante nueve meses al año ves más de 8 horas diarias); la increíble capacidad de resolución que existe cuando se produce algún contratiempo y el saber que tienes siempre alguien ahí con quien contar para acabar la práctica.

El trabajo del traductor en empresas y en agencias de traducción está marcado por esta constante: el trabajo en equipo, y aunque siempre haya un miembro del grupo responsable del encargo (el llamado project manager o coordinador del proyecto), todos sus componentes tienen que aprender a trabajar en conjunto. Esto entre otras cosas implica: ser responsable y cumplir con el trabajo encomendado y sobre todo con los plazos de entrega; hacer bien el trabajo, es decir, no hacerlo por cumplir; saber ceder y aceptar las ideas y decisiones que se tomen en conjunto; saber delegar, pues ni siquiera los más perfeccionistas y trabajadores pueden hacer todo solos y por supuesto saber confiar en los demás.

En definitiva, saber lo que significa y poner en práctica la palabra “compañerismo” y no pensar tanto en nosotros mismos y mucho más en los demás y sobre todo en el trabajo que hay que presentar.

Un saludo

Inma

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