Acceso a las nuevas tecnologías

Otro de los aspectos que me llevan a pensar que España hace mucho que perdió la carrera por entrar en Europa es el relacionado con el acceso a las nuevas tecnologías. No estoy pidiendo wi-fi en medio de la Gran Vía, ni teléfonos futuristas a precios asequibles. Seamos realistas, para eso aún queda mucho. Lo que estoy pidiendo es sencillamente ordenadores que funcionen.

De los once meses que estuve de Erasmus, no hubo un solo día en el que tuviera que esperar para encontrar un ordenador vacío.  Con una planta entera llena de salas de ordenadores es difícil tener que esperar. Pero no sólo eso, en un país en el que los estudiantes reciben ayudas para acceder a las nuevas tecnologías, en donde el uso de los portátiles en clase se ha convertido en imprescindible, todo el mundo tiene su propio ordenador, por lo que las aulas de informática pueden resultar incluso innecesarias. Yo tenía portátil en casa, más bien, tenía una especie de armatoste que hacía las veces de procesador de textos, porque la verdad, no daba para mucho más. ¿Cómo iba a llevar yo a la uni mi reliquia, y ponerla al lado de los nuevos Macs, tan blanquitos y brillantes? Estaba condenada a recluirme en las salas de ordenadores. Dicho así puede parecer que lo pasaba mal al tener que usar un PC y no poder usar mi portátil, pero no es así. No sólo había una planta entera llena de salas de ordenadores, sino que estos ordenadores ¡funcionaban! Además, no eran los ordenadores que iban sobrando de otras facultades, ¡qué va!, eran ordenadores nuevos, con pantalla plana, cascos, la versión de Windows más reciente…en definitiva, el ordenador soñado. ¡Y todo esto sin tener que atar el ratón para que nadie se lo lleve!

En todas estas salas había una impresora, que, como ya os podéis imaginar, también funcionaba. No sólo es que funcionara si no que no tenías que llevarte tus folios, ni tenías a nadie cancelando tus impresiones para que salieran las suyas primero. Llegados a este punto he de reconocer que mi emoción en los primeros días era tal, que me ponía a imprimir toda clase de documentos, que, por supuesto, a la hora de hacer las maletas, acabaron en la basura.

A estas alturas ya estaréis todos muriéndoos de la envidia, pero lo mejor aún está por llegar. ¿Os imagináis una uni en la que Trados estuviera instalado en todos los ordenadores y todo el mundo tuviera acceso a ellos? Sí, queridos amigos, esta uni existe, no me lo invento. No os podéis imaginar lo rápido que se aprende así. ¿Qué tienes una hora libre? Pues te vas a aprender Trados, y quién dice Trados, dice otra larga lista de programas relacionados con nuestra futura profesión.

Como ya sabéis, todo lo bueno acaba, y después de once meses en el paraíso tecnológico me ha tocado volver a mi facultad. Tenemos tres salas y media (digo media porque a veces está abierta y a veces no) de ordenadores para toda una facultad, en la que hay carreras tan dispares como Historia del Arte, Filosofía o Traducción, por lo que la opción de tener instalados programas como Trados queda automáticamente descartada. Trados está, sí, pero en la sala cerrada que sólo se abre para dar clase, por lo que el nivel de manejo de Trados que voy a alcanzar con una hora a la semana es…bueno, ya os lo podéis imaginar.

La Ley de Murphy se cumple a la perfección, y cuando algo puede salir mal, en mi facultad sale mal. Vayas o no con prisa, te vas a encontrar colas a la entrada de la sala de informática. Cuando por fin consigas hacerte con un ordenador, ¡sorpresa!, éste no lee tu pendrive, y ¿tú qué haces?, pues volver a la cola. El segundo ordenador (gracias a Dios) va a leer tu pendrive, pero la impresora de esa sala no tiene tinta y la de la sala de al lado está bloqueada porque la gente ha metido el papel. Está bien, aún tienes tiempo para acabar tu trabajo e imprimirlo, así que pruebas con una tercera sala. Al fondo ves un ordenador vacío, te aproximas, y cuando llegas ves el cartel de “no funciona” colgado del monitor. Mientras tanto, se ha quedado vacío un ordenador de los de verdad, de los que medio-funcionan, pero tu rabia no te deja verlo, y cuando te quieres dar cuenta, ya hay alguien sentado delante de él.  Lo único que puedes hacer en este momento es ir llorando a la Oficina de Relaciones Internacionales (si es que está abierta) y rogar que te den otra Erasmus.

 

Me llamo Aída, y llevo 100 días sin ser Erasmus.

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