Post erasmus

Parece mentira que entre las frases «Quién me mandaría a mí venir aquí?» y «¡Dios mío, quiero volver como sea!» sólo hayan pasado diez meses. Diez meses de Erasmus en los que tu vida no volverá a ser igual. Suena a tópico, pero es cierto, el tan famoso síndrome post-erasmus existe, y ataca de nuevo este mes de octubre. Da igual que lleves desde marzo intentándote concienciar de que en julio se acababa, o que evitaras despedirte de ciertas personas para no hacerlo más duro, siempre pensando en un futuro reencuentro. Todo eso da igual. Llegarás a tu casa y todo, repito todo, se te hará raro. Estarás deseando salir de tu habitación e ir corriendo a la puerta de Fulanito para ver qué hace, pero ya no puedes, en la puerta de al lado sólo está tu padre durmiendo la siesta. Esperarás con ansia la hora de cenar para ponerte a cocinar con tus amigos, aunque al final acabéis haciendo una pizza al horno. Pero tampoco puedes, ya no están.

Sigues sin hacerte a la idea, así que en una tarde calurosa de verano en la que no tienes nada qué hacer ni nadie con quién hablar, te pones a ver las miles de fotos que has hecho durante los mejores meses de tu vida. Y, ¿qué consigues con eso? Acabar peor. Te martirizas a ti misma pensando en los buenos momentos que pasaste, en lo que darías por retroceder en el tiempo y poder saborear esos instantes de nuevo. Tus amigos (los de aquí, los que no te entienden y te empiezan a mirar como si fueras un bicho raro) se dan cuenta de que algo te pasa, y deciden que lo que te hace falta es pegarte una fiesta «española», porque ya se sabe, «como en España, en ningún lao». No te hace tanta gracia eso de tener que arreglarte sola, ya no echas carreras por los pasillos para preguntarles a tus amigas qué tal el modelito que has elegido. Pero no te queda otra, y sales. Todo va bien hasta que a mitad de la noche… ¡tachán! Suena vuestra canción, esa que tantas veces habéis bailado, así que cierras los ojos y te dejas llevar por la emoción. Los vuelves a abrir, esperando ver esa misma emoción en los ojos de los demás. Pero otra vez te das cuenta de que no ya no estás allí, que la gente que te mira no son tus amigos de la Erasmus, sino tus amigos del barrio que ya te han dado por perdida.

Otro de los síntomas de este famoso síndrome, es la obsesión con ver a gente de tu Erasmus por la calle, en el metro, en la tele… No te puedes sentar tranquilamente en la parada del autobús, porque seguro (100% seguro) que vas a ver un taxi pasar con Fulanito, pero luego piensas «no puede ser Fulanito, Fulanito está a miles de kilométros…» y te vuelve a entrar la «depre».

Sin embargo, cuando ya crees que ya lo has superado y te sientes con fuerzas para enfrentarte a tu antigua vida (que como ya he dicho nunca volverá a ser la misma), llega lo peor: la vuelta a la uni. Vuelves a recorrer esos pasillos grises y feos, y no haces más que pensar en lo limpio y bonito que era tu otra uni, tu uni adoptiva durante un año. Luego empiezan las clases, y ahí es cuando realmente te das cuenta de que ya has vuelto a España. Empiezan con los cambios: cambios de aula, cambios de profesor, cambios de temario… por no hablar de asignaturas cuyo código no existe o no aparecen en la lista a la hora de hacer la matrícula. En ese momento piensas «qué ganitas de cogerme la bici e irme a casita», pero tu bici se ha convertido en un tren de cercanías en el que desperdicias dos horas al día.

En este post y en los próximos que vendrán en las siguientes semanas, os contaré cómo ha cambiado todo desde que he dejado de ser Erasmus: mi día a día, la universidad y mi forma de ver el mundo.

Me llamo Aída, y llevo 64 días sin ser Erasmus.

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